¿Y QUÉ HAGO AHORA?

CONSEJOS PRÁCTICOS

8/5/20262 min read

Cuando finalmente procesas toda la información y entiendes que lo que estás viviendo es real y no una pesadilla de la que vas a despertar, llega, probablemente, uno de los momentos más difíciles: ¿Y ahora qué hago?

En mi caso, tenía 18 años y me sentía completamente perdida. Mi sueño era opositar para la Guardia Civil, pero de repente todo lo que había imaginado para mi futuro se tambaleó. ¿Cómo iba a hacerlo si no sabía si iba a estar bien físicamente? ¿Si podría comer? ¿Si tendría fuerzas? ¿Si sería capaz de superar las pruebas?

No sabía qué hacer. No podía concentrarme en estudiar. Me sentaba delante de los apuntes y, en lugar de pensar en mi futuro, solo podía pensar: ¿para qué hago esto? ¿Para qué estudio si siento que mi vida ya se ha arruinado?

Mi cabeza se llenó de pensamientos negativos. Dejé de ver posibilidades y empecé a ver únicamente obstáculos. Sentía que no merecía la pena luchar porque estaba convencida de que, hiciera lo que hiciera, mi vida iba a estar marcada para siempre por el sufrimiento.

Hasta que llegó un momento en el que entendí algo: había cosas que no podía cambiar, por mucho que quisiera.

Tuve que poner una fecha. Tuve que aceptar que aquello iba a suceder y enfrentarme a ello.

Y aunque tardé cuatro años en tomar esa decisión, hoy puedo decir que fue una de las mejores decisiones de mi vida.

Porque nadie sabe lo que fueron esos cuatro años para mí. Cuatro años de sufrimiento constante. Cuatro años llorando prácticamente cada noche antes de dormir. Cuatro años imaginándome una y otra vez todos los escenarios posibles, todos ellos terribles. Pensando que no podría comer, que no podría hacer una vida normal, que todo iba a ser dolor y limitaciones.

Y ese era, en realidad, mi mayor miedo: sufrir.

Yo pensaba que no merecía sufrir. Que no era justo. Que con 18 años no debería estar preocupándome por algo así. Y cuanto más miedo tenía, más sufría. Cuanto más pensaba en el futuro, más oscuro lo veía. Y terminé descargando toda esa negatividad sobre las personas que tenía a mi alrededor.

Ahora, mirando hacia atrás, puedo decir que esos fueron los cuatro peores años de mi vida.

Lo más duro es que durante todo ese tiempo estaba sufriendo por algo que todavía ni siquiera había ocurrido. Sufría por un futuro que mi cabeza había construido y que, en realidad, no sabía cómo iba a ser.

Y sí, lloré hasta el último día antes de operarme. Tuve miedo. Tuve ansiedad. Dudé. Me aterroricé.

Pero llegó el día.

Y cuando desperté después de la operación, algo dentro de mí cambió.

Sentí una liberación que no puedo explicar con palabras. Después de cuatro años viviendo atrapada en el miedo, por fin había dado el paso que tanto había temido.

Y fue entonces cuando entendí algo que jamás habría imaginado:

Mi vida no se había acabado. Mi vida estaba empezando de nuevo.

Poco a poco fui recuperándome, aprendiendo a conocer mi nuevo cuerpo, adaptándome a mi nueva realidad y, sobre todo, dejando de vivir con miedo.

Y en ese proceso encontré algo que durante años pensé que había perdido para siempre: la felicidad.

Hoy puedo decirlo alto y claro: soy feliz.

De hecho, nunca había sido tan feliz como lo soy ahora.

Resurgí de mis cenizas. Y descubrí que, a veces, para volver a encontrarte, primero tienes que atravesar el lugar que más miedo te daba.

Pensé que la operación iba a quitarme mi vida. Y terminó devolviéndomela.